El último cuento de la saga de Cuentos para aburrirse en verano.. Este es el más largo de los 6, por eso lo dejé para el final, porque al ser el último tiene que tener el efecto más prolongado para aburrir..
Espero que haya logrado con esto el efecto que esperaba, y disculpen si disfrutaron los cuentos en lugar de aburrirse...
_
El Caminante
Dicen que fue peregrino, desde joven fue colectando experiencias, cultivando sabiduría y cosechando misterios. Fue para algunos un loco, para otros un mesías. Nunca supe su nombre, nunca supe su edad. Eso no importaba, él siempre me daba razones para que esas interrogantes fueran insignificantes, siempre hubo algo más importante que preguntarle. Él en sus caminos había aprendido a enseñar, a contar historias, a ver más allá de las cosas, de las personas. Había aprendido que la soledad es la mejor compañía cuando quería pensar, y que caminar lo ayudaba a estar solo, y sus canciones lo ayudaban a caminar. Así nunca se sintió solo, ni cansado. Decía que las distancias se acortaban porque no estaban medidas por el tiempo. Siempre caminaba alegre por los caminos, decía que caminar en la noche era mejor, ya que sentía que era guiado por las estrellas, y las estrellas lo llevaban a donde necesitaban sus palabras, su sabiduría, su alegría.
Antes que llegara a mi pueblo, vivíamos en una tristeza profunda, no había tiempo para sonreír, no había tiempo para cantar, para caminar, para pensar. En la villa solo había que trabajar. En el pueblo nadie era feliz, cada persona trabajaba en lo que menos le gustaba, y la vida de los habitantes se hizo pobre y pesada.
Nadie lo vio llegar a la villa, nadie supo por donde había llegado. Los ancianos dijeron que venía del Norte, pero ellos no eran respetados en el pueblo, porque no podían trabajar, y así fueron quedando marginados y con el tiempo fueron ignorados.
La noche, que llegó, golpeó suavemente mi puerta de madera tan solo una vez. En la casa yo nunca dejaba que un visitante extraño, un caminante, entrara y compartiera con nosotros la morada. Pero aquella noche no opuse resistencia al pedido del desconocido. Dijo que estaba de paso, que sólo estaría allí los días necesarios. No entendí por qué dijo los días necesarios, pensé que utilizaría esos días para descansar. Tampoco se porque eligió mi casa para quedarse, es la casa más antigua del pueblo, no tiene electricidad, ni agua corriente. Quizá buscaba un lugar oscuro, o un lugar para expresar sus pensamientos, y dejar una semilla en mi atmósfera, o en mí.
Temprano en la mañana salió el caminante rumbo a la plaza del pueblo, allí se sentó bajo un sauce y esperó que la gente se reuniera a su alrededor. Sentado bajo ese árbol, miraba la hierba, juntaba palitos, mientras tanto la gente lo observaba, miraba sus gestos, sus movimientos. Durante ese domingo no dijo palabra alguna, y la gente del pueblo tampoco le habló. Comprendí que ese silencio era parte de una búsqueda, y que él estaba aprendiendo sobre nosotros, viendo nuestras actitudes, calculando los tiempos de los movimientos, los tiempos de cada uno.
Por la noche no lo escuché llegar a la casa, no lo vi. No supe si estaba allí hasta que una tenue luz se encendió en el galpón donde dormía. Miré un rato la luz y conjeturé que no era una vela, ni un farol. Al amanecer me acerqué al galpón y busqué aquella fuente de luz misteriosa, pero no encontré más que un montón de papeles en blanco, y un pequeño palito con la punta quemada. Las velas estaban sin encender, y las cenizas de una pequeña fogata estaban ya frías.
Cuando fui hacia el pueblo lo encontré bajo el mismo árbol, callado, sentado, mirando a la gente a su alrededor. Esperé unos minutos, cuando me estaba por ir dijo: - Ningún hombre conoce lo malo que es, hasta que no ha tratado de esforzarse por ser bueno. Sólo podrás conocer la fuerza de un viento tratando de caminar contra él, no dejándote llevar.
Luego de decir esto se levantó lentamente y se abrió paso entre la gente. Se alejó, hasta que perdí su silueta en la lejanía. Muchas de las personas que escucharon lo que dijo, se quedaron inmóviles tratando de adaptar esas palabras a su vida, a su espíritu. Él sabía el efecto de cada palabra, de cada pensamiento que dejaba escapar de su boca, por eso se alejó, porque sabía que el tiempo iba a madurar esa semilla en cada uno, ya nos había observado, y yo sentía que nos conocía, que sabía el tiempo de cada uno. Nos enseñó que el tiempo y la soledad hacen crecer nuestros pensamientos, nos hacen más fuertes, mejores, para arraigarnos y soportar los fuertes vientos. Todos aprendimos algo, yo aprendí.
Al día siguiente lo esperé junto al mismo árbol, pero él no llegó. No quería que lo esperáramos, no quería enseñarnos cada día, a una hora determinada, ni en un mismo lugar. Ahí comprendí que él no tenía intención de enseñarnos, sino que nos mostraba una dirección para seguir; nunca nos dijo que hacer, nunca nos indicó nada de lo que él hizo. Siempre nos indicó puntos cardinales para que cada uno, con sus tiempos, siguiera su camino, a su manera, y a su velocidad.
De tarde apareció sobre la colina, y allí observó todo el pueblo. Desde allí podía ver todo. Y sin que me dijera nada aprendí que podía mirar las cosas desde muchos puntos de vista, y eso es un espíritu cultivado. En esa tarde sólo yo subí a la colina, me senté y lo mire tratando que sintiera mi presencia. Él sabía que estaba allí. Pero no me miró, sólo permaneció en silencio, mirando todo el horizonte. Antes de levantarse e irse, me miró y dijo, - El horizonte está en los ojos y no en la realidad.
No supe que hacer. Me quedé sentado en una roca de la altura, mirando el horizonte. Advertí que esas palabras me habían perturbado, no había comprendido el significado. Pasaron las horas, ya era de noche. Vi las luces del pueblo, las estrellas, no podía ver lo que había dicho. Amaneció, y el horizonte cambió. Se fueron las estrellas, el cielo se tornó de un extraño color verde pálido. Comprendí al fin que podía cambiar mi horizonte, mis ojos ya no veían una barrera en el horizonte ni una línea inalcanzable. Ya había llegado a comprender aquellas palabras. Mi corazón se llenó de olvido, de olvido de la realidad, ya no me ataba el entorno, y mis penas desaparecían. Pensé entonces en todos los demás, los que no habían escuchado. Pero un instante después me sentí afortunado, único, aunque en ningún momento me sentí mejor que los otros. Todavía tenía muchas cosas que aprender.
Nuevamente me senté en mi casa a observar el viejo galpón y la extraña luz. Pasó un tiempo, relativamente extenso, y la luz se fue haciendo cada vez más leve, hasta apagarse por completo. En aquel momento la luna empezó a iluminar todo el pueblo, dejando casi todas las siluetas y los colores con un especial tono plateado, gris. Mi visión pasó a ser sólo eso. Contrastes y colores se tornaron grises y oscuros tonos por un instante. Miré al cielo, como pidiendo explicaciones, como rogando por los colores. Luego pensé qué sería de las flores, del cielo, de las nubes, sin color. En ese instante, pensé en algo sobrenatural que me impedía ver los colores, tal vez como castigo por observar al peregrino. Cuando pensé eso volvieron a mis ojos todos los colores. Comprendí que él buscaba la soledad, y que yo había perturbado aquella soledad. Que buscaba una elevación de su alma, y esto sólo se logra en soledad y en silencio.
En el siguiente amanecer, me esperó ante la vieja puerta de madera. Me contó que ese iba a ser su último día en el pueblo, y que su trabajo aquí llegaba al fin; me pidió que reuniera a todo el pueblo en torno al sauce de la plaza. Así lo hice, recorrí las casas, citando a cada uno a la plaza.
Cuando todos se reunieron bajo la sombra de aquel árbol, él ya estaba sentado mirando la hierba y juntando palitos. Nadie lo vio llegar, sólo estaba allí. Unos minutos más tarde levantó la vista, y miró a cada uno de nosotros. Sentí que me leía el pensamiento, que veía dentro de mí, y no me resistí, sabía que únicamente su mirada ya era una enseñanza para ser mejor, para ver más lejos, para que mi mente se perdiera. Me enseñó que no hay horizonte, y que podía ir más allá de mi vista.
Cuando nos miró a todos, se levantó, respiró hondo, como tomando aire para decir algo. Arrancó un brote del sauce, y dijo, - Lo menos frecuente en este mundo es vivir. La mayoría de la gente sólo existe.
Y así tomó su pequeño bolso, y se marchó entre la niebla.
Vislumbré que mi destino había cambiado, no era la misma persona, me sentía diferente. En ese momento concebí mi destino de caminante. Ahí fue que entendí el motivo de por qué eligió mi casa. También entendí que todo fue una prueba para mi alma, para mi espíritu. Sólo él sabe la razón de esas complicadas pruebas, y creo que él sabía quien en el pueblo podía seguir su camino. Soy afortunado al caminar llevando enseñanzas, afortunado de aprender, afortunado de ver, de observar, de entender. Se que la vida es corta, efímera, y que no alcanzará mi vida para caminar entre los pueblos. Por eso escribo mi historia, la historia de mi maestro, para que otros caminantes hagan el camino. Para que otros espíritus, otras almas, sigan caminando sin conocer límites, sin traspasar fronteras. Nuestros destinos son diferentes, nuestra visión del horizonte es distinta, pero todos en algún momento nos encontraremos en una encrucijada. A mi me tocó seguir el camino que alguna vez evité o eludí. No me arrepiento de seguir este camino. Este sendero que he tomado me abre las puertas de otros destinos, mi destino cambia al ver a cada persona, y cada persona cambia su destino al conocer a otra persona. El caminante no sabe donde va a estar al día siguiente, solamente vive para ese día, se duerme con el pensamiento del próximo amanecer, no vive para otros días. El caminante vive El Día.
Escribo estas líneas en una pausa del camino hacia el siguiente pueblo, que no se cual será, mi corazón me lleva, las estrellas trazan sus estelas en el cielo, hoy yo las sigo.
________________
Alberto Cantarilla