jueves, junio 4

Invitación: Ojo con el Pozo

El próximo jueves 11 de junio a las 20 hs, se inaugura con un brindis para los invitados la muestra fotográfica “Ojo con el Pozo” en el teatro Florencio Sánchez. La misma se compone de 15 fotografías tomadas en la ciudad de Montevideo por 5 fotógrafos amateurs.

Fotos de lo urbano, del movimiento, del tránsito, del gris asfalto, de la multitud, de la vorágine…fotos de la ciudad que nos pierde y nos perdemos, y nos mezcla y traslada.

Aunque son todas fotografías tomadas en nuestra capital, cada autor tiene un estilo propio y transmite o busca despertar en quien visualice las imágenes, sensaciones bien diversas.

Pablo Cazarré, Valeria Deangelo, Inés Garaza, Solange Infante y Carina Pérez Comellas son los autores de las fotografías que podrán verse desde el 11 de junio y hasta el 6 de julio inclusive.

Durante la inauguración nos acompañarán Luciana Mocchi y Federico de los Santos dándonos un marco musical a la muestra.

Teatro Florencio Sánchez Grecia 3281 esq. Norteamérica


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Alberto Cantarilla - 2009

viernes, marzo 6

La Precaria Sociedad

Bueno, como todos saben, toca La Precaria Sociedad este viernes 20 de Marzo en el Centro Cultural de la FEUU..
Acá se puede escuchar... Acá mismo en el blog...

Saludos!.

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jueves, febrero 5

6 cuentos para aburrirse en verano (última entrega)

El último cuento de la saga de Cuentos para aburrirse en verano.. Este es el más largo de los 6, por eso lo dejé para el final, porque al ser el último tiene que tener el efecto más prolongado para aburrir..
Espero que haya logrado con esto el efecto que esperaba, y disculpen si disfrutaron los cuentos en lugar de aburrirse...

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El Caminante

Dicen que fue peregrino, desde joven fue colectando experiencias, cultivando sabiduría y cosechando misterios. Fue para algunos un loco, para otros un mesías. Nunca supe su nombre, nunca supe su edad. Eso no importaba, él siempre me daba razones para que esas interrogantes fueran insignificantes, siempre hubo algo más importante que preguntarle. Él en sus caminos había aprendido a enseñar, a contar historias, a ver más allá de las cosas, de las personas. Había aprendido que la soledad es la mejor compañía cuando quería pensar, y que caminar lo ayudaba a estar solo, y sus canciones lo ayudaban a caminar. Así nunca se sintió solo, ni cansado. Decía que las distancias se acortaban porque no estaban medidas por el tiempo. Siempre caminaba alegre por los caminos, decía que caminar en la noche era mejor, ya que sentía que era guiado por las estrellas, y las estrellas lo llevaban a donde necesitaban sus palabras, su sabiduría, su alegría.
Antes que llegara a mi pueblo, vivíamos en una tristeza profunda, no había tiempo para sonreír, no había tiempo para cantar, para caminar, para pensar. En la villa solo había que trabajar. En el pueblo nadie era feliz, cada persona trabajaba en lo que menos le gustaba, y la vida de los habitantes se hizo pobre y pesada.
Nadie lo vio llegar a la villa, nadie supo por donde había llegado. Los ancianos dijeron que venía del Norte, pero ellos no eran respetados en el pueblo, porque no podían trabajar, y así fueron quedando marginados y con el tiempo fueron ignorados.
La noche, que llegó, golpeó suavemente mi puerta de madera tan solo una vez. En la casa yo nunca dejaba que un visitante extraño, un caminante, entrara y compartiera con nosotros la morada. Pero aquella noche no opuse resistencia al pedido del desconocido. Dijo que estaba de paso, que sólo estaría allí los días necesarios. No entendí por qué dijo los días necesarios, pensé que utilizaría esos días para descansar. Tampoco se porque eligió mi casa para quedarse, es la casa más antigua del pueblo, no tiene electricidad, ni agua corriente. Quizá buscaba un lugar oscuro, o un lugar para expresar sus pensamientos, y dejar una semilla en mi atmósfera, o en mí.
Temprano en la mañana salió el caminante rumbo a la plaza del pueblo, allí se sentó bajo un sauce y esperó que la gente se reuniera a su alrededor. Sentado bajo ese árbol, miraba la hierba, juntaba palitos, mientras tanto la gente lo observaba, miraba sus gestos, sus movimientos. Durante ese domingo no dijo palabra alguna, y la gente del pueblo tampoco le habló. Comprendí que ese silencio era parte de una búsqueda, y que él estaba aprendiendo sobre nosotros, viendo nuestras actitudes, calculando los tiempos de los movimientos, los tiempos de cada uno.
Por la noche no lo escuché llegar a la casa, no lo vi. No supe si estaba allí hasta que una tenue luz se encendió en el galpón donde dormía. Miré un rato la luz y conjeturé que no era una vela, ni un farol. Al amanecer me acerqué al galpón y busqué aquella fuente de luz misteriosa, pero no encontré más que un montón de papeles en blanco, y un pequeño palito con la punta quemada. Las velas estaban sin encender, y las cenizas de una pequeña fogata estaban ya frías.
Cuando fui hacia el pueblo lo encontré bajo el mismo árbol, callado, sentado, mirando a la gente a su alrededor. Esperé unos minutos, cuando me estaba por ir dijo: - Ningún hombre conoce lo malo que es, hasta que no ha tratado de esforzarse por ser bueno. Sólo podrás conocer la fuerza de un viento tratando de caminar contra él, no dejándote llevar.
Luego de decir esto se levantó lentamente y se abrió paso entre la gente. Se alejó, hasta que perdí su silueta en la lejanía. Muchas de las personas que escucharon lo que dijo, se quedaron inmóviles tratando de adaptar esas palabras a su vida, a su espíritu. Él sabía el efecto de cada palabra, de cada pensamiento que dejaba escapar de su boca, por eso se alejó, porque sabía que el tiempo iba a madurar esa semilla en cada uno, ya nos había observado, y yo sentía que nos conocía, que sabía el tiempo de cada uno. Nos enseñó que el tiempo y la soledad hacen crecer nuestros pensamientos, nos hacen más fuertes, mejores, para arraigarnos y soportar los fuertes vientos. Todos aprendimos algo, yo aprendí.
Al día siguiente lo esperé junto al mismo árbol, pero él no llegó. No quería que lo esperáramos, no quería enseñarnos cada día, a una hora determinada, ni en un mismo lugar. Ahí comprendí que él no tenía intención de enseñarnos, sino que nos mostraba una dirección para seguir; nunca nos dijo que hacer, nunca nos indicó nada de lo que él hizo. Siempre nos indicó puntos cardinales para que cada uno, con sus tiempos, siguiera su camino, a su manera, y a su velocidad.
De tarde apareció sobre la colina, y allí observó todo el pueblo. Desde allí podía ver todo. Y sin que me dijera nada aprendí que podía mirar las cosas desde muchos puntos de vista, y eso es un espíritu cultivado. En esa tarde sólo yo subí a la colina, me senté y lo mire tratando que sintiera mi presencia. Él sabía que estaba allí. Pero no me miró, sólo permaneció en silencio, mirando todo el horizonte. Antes de levantarse e irse, me miró y dijo, - El horizonte está en los ojos y no en la realidad.
No supe que hacer. Me quedé sentado en una roca de la altura, mirando el horizonte. Advertí que esas palabras me habían perturbado, no había comprendido el significado. Pasaron las horas, ya era de noche. Vi las luces del pueblo, las estrellas, no podía ver lo que había dicho. Amaneció, y el horizonte cambió. Se fueron las estrellas, el cielo se tornó de un extraño color verde pálido. Comprendí al fin que podía cambiar mi horizonte, mis ojos ya no veían una barrera en el horizonte ni una línea inalcanzable. Ya había llegado a comprender aquellas palabras. Mi corazón se llenó de olvido, de olvido de la realidad, ya no me ataba el entorno, y mis penas desaparecían. Pensé entonces en todos los demás, los que no habían escuchado. Pero un instante después me sentí afortunado, único, aunque en ningún momento me sentí mejor que los otros. Todavía tenía muchas cosas que aprender.
Nuevamente me senté en mi casa a observar el viejo galpón y la extraña luz. Pasó un tiempo, relativamente extenso, y la luz se fue haciendo cada vez más leve, hasta apagarse por completo. En aquel momento la luna empezó a iluminar todo el pueblo, dejando casi todas las siluetas y los colores con un especial tono plateado, gris. Mi visión pasó a ser sólo eso. Contrastes y colores se tornaron grises y oscuros tonos por un instante. Miré al cielo, como pidiendo explicaciones, como rogando por los colores. Luego pensé qué sería de las flores, del cielo, de las nubes, sin color. En ese instante, pensé en algo sobrenatural que me impedía ver los colores, tal vez como castigo por observar al peregrino. Cuando pensé eso volvieron a mis ojos todos los colores. Comprendí que él buscaba la soledad, y que yo había perturbado aquella soledad. Que buscaba una elevación de su alma, y esto sólo se logra en soledad y en silencio.
En el siguiente amanecer, me esperó ante la vieja puerta de madera. Me contó que ese iba a ser su último día en el pueblo, y que su trabajo aquí llegaba al fin; me pidió que reuniera a todo el pueblo en torno al sauce de la plaza. Así lo hice, recorrí las casas, citando a cada uno a la plaza.
Cuando todos se reunieron bajo la sombra de aquel árbol, él ya estaba sentado mirando la hierba y juntando palitos. Nadie lo vio llegar, sólo estaba allí. Unos minutos más tarde levantó la vista, y miró a cada uno de nosotros. Sentí que me leía el pensamiento, que veía dentro de mí, y no me resistí, sabía que únicamente su mirada ya era una enseñanza para ser mejor, para ver más lejos, para que mi mente se perdiera. Me enseñó que no hay horizonte, y que podía ir más allá de mi vista.
Cuando nos miró a todos, se levantó, respiró hondo, como tomando aire para decir algo. Arrancó un brote del sauce, y dijo, - Lo menos frecuente en este mundo es vivir. La mayoría de la gente sólo existe.
Y así tomó su pequeño bolso, y se marchó entre la niebla.
Vislumbré que mi destino había cambiado, no era la misma persona, me sentía diferente. En ese momento concebí mi destino de caminante. Ahí fue que entendí el motivo de por qué eligió mi casa. También entendí que todo fue una prueba para mi alma, para mi espíritu. Sólo él sabe la razón de esas complicadas pruebas, y creo que él sabía quien en el pueblo podía seguir su camino. Soy afortunado al caminar llevando enseñanzas, afortunado de aprender, afortunado de ver, de observar, de entender. Se que la vida es corta, efímera, y que no alcanzará mi vida para caminar entre los pueblos. Por eso escribo mi historia, la historia de mi maestro, para que otros caminantes hagan el camino. Para que otros espíritus, otras almas, sigan caminando sin conocer límites, sin traspasar fronteras. Nuestros destinos son diferentes, nuestra visión del horizonte es distinta, pero todos en algún momento nos encontraremos en una encrucijada. A mi me tocó seguir el camino que alguna vez evité o eludí. No me arrepiento de seguir este camino. Este sendero que he tomado me abre las puertas de otros destinos, mi destino cambia al ver a cada persona, y cada persona cambia su destino al conocer a otra persona. El caminante no sabe donde va a estar al día siguiente, solamente vive para ese día, se duerme con el pensamiento del próximo amanecer, no vive para otros días. El caminante vive El Día.
Escribo estas líneas en una pausa del camino hacia el siguiente pueblo, que no se cual será, mi corazón me lleva, las estrellas trazan sus estelas en el cielo, hoy yo las sigo.


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Alberto Cantarilla

6 cuentos para aburrirse en verano (Parte 5)

La quinta y penúltima parte para alegría de grandes y chicos...

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Un Cuentista.

Desde niño, cuando aprendió las letras, se encariñó con ellas. Luego le enseñaron que juntando las letras podía armar palabras, y juntando palabras podía dibujar mundos enteros. No era bueno dibujando de la manera convencional, con pinceles; entonces con sus letras pintaba, dibujaba y componía sinfonías de imaginación y fantasía.
Mientras iba creciendo aumentaban los colores en su paleta de palabras, cada día sumaba nuevas combinaciones de letras, nuevos dibujos. Siempre estaba dispuesto a leer, a seguir mirando esos dibujos, de otros colores, escritos hace tiempo atrás, esos dibujos hechos sobre lienzos amarillentos y gastados. Le atraía el aroma de esos libros guardados, olvidados en los más recónditos parajes de las bibliotecas. Viajaba siglos, viajaba a otros mundos, sentía con todo su corazón cada historia que esos mundos le contaban.
Decidió entonces, tomando fuerzas de sus sentimientos, escribir él mismo. Quería inventar mundos, ser el creador de personajes, de historias. Él quería más que todo, enseñar algo. No era mucha su experiencia en la vida, pero sentía que, siendo un jovencito, podía enseñarle a los más grandes, a los más experientes. Y también quería, como todos los jóvenes, cambiar el mundo en el que vivía. No concebía el mundo tal como era, con sus injusticias y sus atrocidades.
Así escribía pequeños relatos de mundos mejores, ideales, donde la vida era sencilla. Donde no había tristeza, ni maldad. Eran mundos felices. Él era feliz en el mundo en que vivía, en este mismo mundo; pero en el mundo había gente desdichada y triste, él escribía para ellos, él escribía para darles esperanza.
Con los años, fue perdiendo esa magia que le daba fuerzas para escribir para los demás. Fue cuando miró otros ojos, lejanos como los suyos, ojos volátiles, esos que ven más de lo que hay, que ven más allá. En ellos encontró su fuente de inspiración. Desde ese momento comenzó a escribir para darse ánimo, mientras no le decía a la dueña de su mirada lo que sentía. Creía que perdía el tiempo si escribía algo para ella en vez de decírselo directamente.
Le habló, la conoció, vio en ella a una persona que ya conocía. Sabía lo que le gustaba, sabía qué hacer para agradarle, sabía, sólo mirando sus ojos, exactamente lo que ella quería decirle.
Así empezó a escribir nuevamente, escribía sobre la esperanza, el tiempo y el amor. Escribía historias fantásticas donde creaba mundos y personajes mágicos. Su imaginación volaba cuando sentía que ella estaba cerca.
Cierto día, ciertamente el día menos esperado por él, ella le habló, él la escuchó sin interrumpirla. Lo que le dijo lo perturbó terriblemente. Nunca había tenido una charla como esa. Su corazón crujía, se desmoronaba su alma.
Le habló de un viaje, de una despedida, de separarse, de estar lejos. Le contó sobre un nuevo camino que ella comenzaría. Ella así lo quería, ese era el camino que ella había buscado. Ella lo había encontrado y así sería feliz.
Él comprendió, sabía que su tristeza no se comparaba con la alegría que sentiría ella al estar en otro lugar, en ese lugar que tanto ansiaba conocer, descubrir, vivir. Esas culturas y esos dialectos. Él no le preguntó lugares, ni fechas. Sólo quería que fuese feliz.
Hay días en que piensa que aún no ha partido y él la busca en los lugares donde a ella le gustaba estar. No la encuentra, y piensa en la felicidad, en el gozo del alma de la mujer, que una vez le agregó más colores y más vida a su mirada. Piensa en ella cuando mira el mar, cuando ve la luna. Sabe que en la lejanía sus miradas se encuentran, sabe que ella mira también en esa dirección.
Ahora escribe de caminos, de despedidas, de viajes, de encuentros, de búsquedas. Ahora solamente está esperando que otros ojos vean más de lo que sus ojos, ya cansados, pueden ver.


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Alberto Cantarilla

6 cuentos para aburrirse en verano (Parte 4)

también hay parte 4...

El Cuidador

Ya era de noche y algunas estrellas manchaban el oscuro cielo. No había viento, sólo una leve brisa alborotaba sus cabellos. La luna lentamente se iba cubriendo de nubes amenazantes, oscuras, tétricas.

En aquél sitio sombrío y lúgubre, pasaba sus horas solo. No hacía allí otra cosa que simplemente pasar, viajar por los infinitos mundos de sus pensamientos. No hacía más que estar despierto toda la noche, era su trabajo. A veces sentía miedo y pánico de estar solo en ese lugar. No era común un trabajo como el que tenía. Siempre le tranquilizó saber que nada de lo que hubiera allí podría hacerle daño. Estaba toda la noche entre cielos, ángeles y antorchas, entre dioses. En esos lugares en que la gente piensa y cree que aleja a los difuntos del infierno, que quizá merecieran; y que creen que esos sitios los acercan más al paraíso, sabiendo que su tierra prometida es la que dejaron.

En esas largas noches, pensaba: ¿cómo podría pensar esa gente que hay un mundo mejor que este?, ¿cómo podría ser que esa gente le temiera a la muerte si ese paraíso era mejor?, ¿porqué habían esperado tanto tiempo, tantos años, para morir y pasar a una mejor vida?. Siempre trataba de buscar esas respuestas.

Había noches que pensaba en esa gente, sabiendo del temor natural de los humanos a lo desconocido. El más creyente y religioso de los hombres le teme a la muerte, nunca ha visto a alguien morir pensando en lo que iba a vivir después, siempre morían tristes, sabiendo que lo que dejaban no lo podrían tener en esa otra vida que esperaban.

Pasaba la noche caminando entre cruces, obeliscos y homenajes de piedra, con su linterna, mirando que no hubiera intrusos, ladrones o saqueadores. Nunca encontraba más que algún gato. Se asustaba con los ruidos, pero luego iluminaba esas sombras, esos misteriosos sonidos, y todos los miedos se desvanecían.

Lamentaba su vida en algunas ocasiones. No podía pasar las noches con quien él quería. Sentía tristeza, ganas de llorar, de dejarlo todo e irse de allí. Tenía ganas de estar con otras personas, rodeado de personas sin homenajes, de gente viva. Recordaba su juventud, sus épocas de estar con los amigos hasta el amanecer.

Las épocas más bellas de su vida se le cruzaron por la mente en aquel instante, luego de eso ya no tenía ganas de estar en ese lugar ni un minuto más, pensó en irse sin decir nada, de irse sin avisar, de irse y dejar alguna nota, una carta para el siguiente cuidador, para la siguiente pobre persona que tuviera que encargarse del cuidado de ese lugar sagrado.

Yo llegué a la pequeña casilla del cementerio, me habían dicho que el cuidador anterior había desaparecido sin dejar rastros, sin avisar, sin despedirse.

En la casilla había una linterna, un cómodo sillón, unos libros, registros de tumbas y propietarios, algunas fotos, y un pequeño mueble de madera, descolorido y despintado, marcado por la humedad y los insectos. En ese mueble encontré un sobre, con una carta, dirigida al “Sr. Cuidador”. Como ese es mi cargo, la abrí. Leí sólo las primeras líneas, guardé el sobre en el cajoncito del mueble, para que el próximo cuidador la leyera. Cerré el cajón, abrí la puerta de la casilla, renuncié a ese trabajo, y me marché. Esos simples primeros dos párrafos de la carta me convencieron.


“Estimado compañero,

Piense en esto, ¿porqué perder el tiempo en estar con estas personas?, ¿no cree que esas personas, si pudieran, se levantarían y se irían con la gente que más quieren?.

Hágalo, aproveche el tiempo que le queda para estar con quien más quiere. Ya tendrá la eternidad para yacer aquí.”



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Alberto Cantarilla

Flickr

Les dejo mi página de flickr por si alguno no la sabe... je

www.flickr.com/photos/al_cantarilla

Saludos

martes, enero 20

El Clínicas


El Clínicas
Cargado originalmente por Alberto Cantarilla
Algo de fotografía para llenar el título...
Como siempre se pueden ver mis "trabajos" en flickr..
Saludos..

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2009 - Alberto Cantarilla

martes, enero 13

6 cuentos para aburrirse en verano (Parte 3)

Otra vez, sí... tercer cuento de la entrega, que como siempre, empieza bien y a medida que va pasando se hace cada vez más y más aburrido y feo...
Hoy "El Sueño"...


"El Sueño"

Se acostó, y sin pensar en nada, se durmió profundamente. En unos instantes empezó a ver y sentir aquello que la realidad y la vida no le dejaba ver, tener o tocar.

Sintió una gran felicidad, su sueño era su realidad más querida. Su irracionalidad, o su razón dormida eran todo lo que quería. Algunas veces pensaba en no despertar, en quedarse para siempre en ese sueño, en dormir eternamente para estar con lo que quería. Pero despertaba, se alejaba de todo lo que deseaba; entonces pensaba en que cuando terminara el día, se reencontraría con todo eso.

Así vivía, peleando con sus pensamientos durante el día, para reencontrarse con las cosas más queridas en la noche, en sus sueños, en sus pensamientos más oscuros, ocultos, privados. Así era feliz, sabiendo que todas las noches podría tener todo lo que deseaba.

Fue envejeciendo, como le pasa a todas las personas que entran en años, fue durmiendo cada vez menos horas. Se fue deprimiendo, cada vez tenía menos tiempo para soñar. Estaba insomne gran parte de la noche, pensaba que estaba muriendo, que estaba perdiéndolo todo, todo eso que tenía tan solo en sueños. Sus sueños se fueron pareciendo, cada vez más, a su realidad despierta. Vagaba las mañanas y las tardes por la ciudad, mirando todo, tratando de tomar sueño, de cansarse, para encontrarse con todo lo que quería a la noche. Pero nada lo agotaba para poder dormir por noche.

Seguía el viejo paseando por la ciudad, ya encorvado, de bastón, marcado por las penas, por los años. Caminaba lentamente, mirando el suelo, decepcionado. Se sentaba en los bancos de una plazoleta, alimentaba las palomas con sus penas, hablaba con algunos chicos, les contaba lo bueno que era soñar, lo feliz que era cuando soñaba. Les contaba historias de sus sueños, las cosas que hacía, los lugares que conocía. No existía la tristeza en sus sueños. Él era un gran corazón, podía hacer las cosas que en la realidad no le era posible. Les contaba que soñaran, que trataran de traer de sus sueños todo aquello que la realidad no les dejaba tener. Los sueños son importantes, tanto más que la realidad, decía. Los chicos, los jóvenes, lo consideraban un loco, siempre solo en la plazoleta, siempre en el mismo banco, siempre hablando de sus sueños, de su obsesión.

Llegaba a su casa, luego de pasar todo un día entero caminando por la plazoleta, ponía su música, preparaba algo para comer, y se acostaba. Se dormía, pero no podía soñar. Despertaba, tomaba un vaso de leche tibia, y volvía a acostarse, pero esa creencia de la leche tibia, no le hacia efecto alguno. Seguía despierto, sin poder dormir, sin poder soñar.

Luego de unos días, sintió, cuando estaba acostado, una gran felicidad, no supo por qué. En unos minutos estaba dormido, soñando nuevamente. Sintió un gran alivio, nuevamente pudo ver, pudo tocar, pudo estar con lo que más quería. No despertó, ese sueño se convirtió en eterno, todavía sigue soñando con todo lo que quiere, con todo lo que le fue negado en su vida. Es feliz. Luego de tantas penas en esos últimos años, consiguió lo que tanto había buscado. Soñar eternamente.

domingo, enero 4

6 cuentos para aburrirse en verano (Segunda entrega)...

Llega la segunda entrega de "6 cuentos para aburrirse en verano"... Nuevamente otro cuento de Alberto Cantarilla. El segundo de la serie...
Titulado:

El Espejo

El espejo los miraba, los veía reflejarse y sin ser visto inspeccionaba cada movimiento de las personas que pasaban frente a él. También veía pasar todo lo demás, pasar el tiempo, los coches. Veía pasar la vida. Empezó entonces a clasificar las vidas, cada reflejo era una nueva categoría. Así aprendió que todas las vidas eran diferentes, todas tenían algo que las distinguía, todos los latidos eran distintos.

Se maravilló de la vida, de los reflejos que veía aunque fueran fugaces instantes frente a él. Le asombraron las personas, los cambios en la gente, el pasaje del tiempo. Veía pasar los años en los reflejos, los miraba envejecer, como corrían, como esperaban, como se miraban en él.

Le gustaba ver como amaban, todas de una manera diferente, algunos con palabras, otros con gestos más sutiles y delicados, casi imperceptibles para las demás personas. Había aprendido el amor, como representarlo y repartirlo, sus reflejos le enseñaban algo cada día. Sabía que no era más que un espejo, solamente el reflejo de realidades ajenas. No podía soñar, ni sentir, simplemente reflejar exactitudes, sólo mostrar sus perfecciones.

Escuchó la vida, los consejos, comprendió las ayudas. Tuvo noción del mal y del bien, pero él no podía aconsejar sin voz, ni ayudar sin acciones. Entendió su misión, su labor en las vidas de otros. Quería reflejar otras realidades, quería omitir reflejos tristes, olvidar reflejos pasados, vislumbrar reflejos futuros. Ver el reflejo antes de que sucediera en la realidad, así comprendió el poder del tiempo y su exactitud incorruptible.

Quiso convencerse que su realidad era otra, que lo que veía delante era un reflejo y él la realidad. Trató de cambiar de lado y ser realidad. Decepcionado intentó en vano dejar de reflejar y que la realidad no se viera más en él. Siguió reflejando a las personas, los coches y todo lo demás. Jugaba a distorsionar los reflejos, se estiraba y se encogía tratando de provocar pequeñas satisfacciones en la realidad para hacer más felices sus reflejos. Condenado a repetir realidades, el espejo fue tornándose triste, pálido y opaco, no quería reflejar realidades exactas. Desanimado e inanimado, siguió siendo un reflejador de vidas pasajeras.

Siempre quiso una vida donde él pudiera ser el reflejo en un espejo.


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Alberto Cantarilla

viernes, enero 2

6 cuentos para aburrirse en verano...

"6 Cuentos para aburrirse en verano", así se llama la seguidilla de cuentos que dejo a continuación...
Vamos con el primero...

"Espera"

Se levantó de su sueño, tranquilo, descansado; ansioso de empezar el día. Su rutina cambia hoy, ya no está cansado como los demás días. Siempre le molestaba levantarse para ir al trabajo, se levantaba sin ganas, cansado. El descanso recargaba sus energías, solamente para levantarse de la cama y llegar al recinto donde finge una felicidad absoluta y sus preocupaciones y problemas se hacen insignificantes y carentes de sentido.
Esta mañana es diferente, Ella lo ha llamado. Está feliz, con fuerzas plenas, con vitalidad extrema. Quiere que el reloj avance rápido ahora y se detenga cuando esté con Ella. Le decepciona saber que eso no pasará, le desilusiona saber que el tiempo transitará lento ahora y más velozmente cuando esté a su lado. Ansía ese momento, ese instante de su presencia, de su compañía.
Aún no ha pensado donde la llevará, no le preguntará a donde quiere ir. Siente que así, lo verá como una persona poco decidida. Pero teme también que el lugar que él ha escogido no le guste, y no saber que hacer. No quiere llevarla siempre al mismo sitio, sería aburrido, se sentiría un tonto; Ella sabe que vive aquí desde que nació, y eso demostraría que conoce pocos lugares, de los muchos que hay. Él siempre ha caminado por la ciudad y ha visto cosas que cree que a Ella le gustarán.
Conoce algunos parques, algunos museos; pero sabe que no le gustan esos lugares. No tienen historia, no cuentan historias. Sólo muestran recuerdos de personas olvidadas.
Prepara café, siente su aroma. Imagina el aroma de sus cabellos. Hace tiempo que ha notado ese perfume, dulce, penetrante, inolvidable. También hace unas tostadas con pan de ayer, las comerá sin aderezos. Por la ventana medio cerrada se filtran breves ases luminosos, el sol ya ilumina sus cosas. Sus ojos imaginan ese brillo, ansían su brillo en los cabellos de esa mujer, como negativo y opuesto de colores.
Vacío y silencioso, su hogar espera la llegada de la visitante; casi tan ansioso como él, su hogar espera en silencio y sin movimientos.
Mira por las rendijas de su ventana, con su taza de humeante café caliente; le trae los mismos recuerdos que al momento de prepararlo. Sonríe y piensa que no es muy especial si ese aroma le trae siempre el mismo recuerdo.
Ha pasado el tiempo lentamente, le ha sobrado tiempo hoy. Ahora espera su llegada. Suena el timbre, quizá el sonido más esperado, el sonido más feliz, como una dulce melodía monótona.
Abre la puerta, la ve, la abraza, la huele… y siente que si la muerte lo encontrara ahora, no tendría el poder para separarlo de Ella.

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Alberto Cantarilla