domingo, enero 4

6 cuentos para aburrirse en verano (Segunda entrega)...

Llega la segunda entrega de "6 cuentos para aburrirse en verano"... Nuevamente otro cuento de Alberto Cantarilla. El segundo de la serie...
Titulado:

El Espejo

El espejo los miraba, los veía reflejarse y sin ser visto inspeccionaba cada movimiento de las personas que pasaban frente a él. También veía pasar todo lo demás, pasar el tiempo, los coches. Veía pasar la vida. Empezó entonces a clasificar las vidas, cada reflejo era una nueva categoría. Así aprendió que todas las vidas eran diferentes, todas tenían algo que las distinguía, todos los latidos eran distintos.

Se maravilló de la vida, de los reflejos que veía aunque fueran fugaces instantes frente a él. Le asombraron las personas, los cambios en la gente, el pasaje del tiempo. Veía pasar los años en los reflejos, los miraba envejecer, como corrían, como esperaban, como se miraban en él.

Le gustaba ver como amaban, todas de una manera diferente, algunos con palabras, otros con gestos más sutiles y delicados, casi imperceptibles para las demás personas. Había aprendido el amor, como representarlo y repartirlo, sus reflejos le enseñaban algo cada día. Sabía que no era más que un espejo, solamente el reflejo de realidades ajenas. No podía soñar, ni sentir, simplemente reflejar exactitudes, sólo mostrar sus perfecciones.

Escuchó la vida, los consejos, comprendió las ayudas. Tuvo noción del mal y del bien, pero él no podía aconsejar sin voz, ni ayudar sin acciones. Entendió su misión, su labor en las vidas de otros. Quería reflejar otras realidades, quería omitir reflejos tristes, olvidar reflejos pasados, vislumbrar reflejos futuros. Ver el reflejo antes de que sucediera en la realidad, así comprendió el poder del tiempo y su exactitud incorruptible.

Quiso convencerse que su realidad era otra, que lo que veía delante era un reflejo y él la realidad. Trató de cambiar de lado y ser realidad. Decepcionado intentó en vano dejar de reflejar y que la realidad no se viera más en él. Siguió reflejando a las personas, los coches y todo lo demás. Jugaba a distorsionar los reflejos, se estiraba y se encogía tratando de provocar pequeñas satisfacciones en la realidad para hacer más felices sus reflejos. Condenado a repetir realidades, el espejo fue tornándose triste, pálido y opaco, no quería reflejar realidades exactas. Desanimado e inanimado, siguió siendo un reflejador de vidas pasajeras.

Siempre quiso una vida donde él pudiera ser el reflejo en un espejo.


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Alberto Cantarilla

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