también hay parte 4...
El Cuidador
Ya era de noche y algunas estrellas manchaban el oscuro cielo. No había viento, sólo una leve brisa alborotaba sus cabellos. La luna lentamente se iba cubriendo de nubes amenazantes, oscuras, tétricas.
En aquél sitio sombrío y lúgubre, pasaba sus horas solo. No hacía allí otra cosa que simplemente pasar, viajar por los infinitos mundos de sus pensamientos. No hacía más que estar despierto toda la noche, era su trabajo. A veces sentía miedo y pánico de estar solo en ese lugar. No era común un trabajo como el que tenía. Siempre le tranquilizó saber que nada de lo que hubiera allí podría hacerle daño. Estaba toda la noche entre cielos, ángeles y antorchas, entre dioses. En esos lugares en que la gente piensa y cree que aleja a los difuntos del infierno, que quizá merecieran; y que creen que esos sitios los acercan más al paraíso, sabiendo que su tierra prometida es la que dejaron.
En esas largas noches, pensaba: ¿cómo podría pensar esa gente que hay un mundo mejor que este?, ¿cómo podría ser que esa gente le temiera a la muerte si ese paraíso era mejor?, ¿porqué habían esperado tanto tiempo, tantos años, para morir y pasar a una mejor vida?. Siempre trataba de buscar esas respuestas.
Había noches que pensaba en esa gente, sabiendo del temor natural de los humanos a lo desconocido. El más creyente y religioso de los hombres le teme a la muerte, nunca ha visto a alguien morir pensando en lo que iba a vivir después, siempre morían tristes, sabiendo que lo que dejaban no lo podrían tener en esa otra vida que esperaban.
Pasaba la noche caminando entre cruces, obeliscos y homenajes de piedra, con su linterna, mirando que no hubiera intrusos, ladrones o saqueadores. Nunca encontraba más que algún gato. Se asustaba con los ruidos, pero luego iluminaba esas sombras, esos misteriosos sonidos, y todos los miedos se desvanecían.
Lamentaba su vida en algunas ocasiones. No podía pasar las noches con quien él quería. Sentía tristeza, ganas de llorar, de dejarlo todo e irse de allí. Tenía ganas de estar con otras personas, rodeado de personas sin homenajes, de gente viva. Recordaba su juventud, sus épocas de estar con los amigos hasta el amanecer.
Las épocas más bellas de su vida se le cruzaron por la mente en aquel instante, luego de eso ya no tenía ganas de estar en ese lugar ni un minuto más, pensó en irse sin decir nada, de irse sin avisar, de irse y dejar alguna nota, una carta para el siguiente cuidador, para la siguiente pobre persona que tuviera que encargarse del cuidado de ese lugar sagrado.
Yo llegué a la pequeña casilla del cementerio, me habían dicho que el cuidador anterior había desaparecido sin dejar rastros, sin avisar, sin despedirse.
En la casilla había una linterna, un cómodo sillón, unos libros, registros de tumbas y propietarios, algunas fotos, y un pequeño mueble de madera, descolorido y despintado, marcado por la humedad y los insectos. En ese mueble encontré un sobre, con una carta, dirigida al “Sr. Cuidador”. Como ese es mi cargo, la abrí. Leí sólo las primeras líneas, guardé el sobre en el cajoncito del mueble, para que el próximo cuidador la leyera. Cerré el cajón, abrí la puerta de la casilla, renuncié a ese trabajo, y me marché. Esos simples primeros dos párrafos de la carta me convencieron.
“Estimado compañero,
Piense en esto, ¿porqué perder el tiempo en estar con estas personas?, ¿no cree que esas personas, si pudieran, se levantarían y se irían con la gente que más quieren?.
Hágalo, aproveche el tiempo que le queda para estar con quien más quiere. Ya tendrá la eternidad para yacer aquí.”
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Alberto Cantarilla
REFLEXION
Hace 16 años
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