jueves, febrero 5

6 cuentos para aburrirse en verano (Parte 5)

La quinta y penúltima parte para alegría de grandes y chicos...

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Un Cuentista.

Desde niño, cuando aprendió las letras, se encariñó con ellas. Luego le enseñaron que juntando las letras podía armar palabras, y juntando palabras podía dibujar mundos enteros. No era bueno dibujando de la manera convencional, con pinceles; entonces con sus letras pintaba, dibujaba y componía sinfonías de imaginación y fantasía.
Mientras iba creciendo aumentaban los colores en su paleta de palabras, cada día sumaba nuevas combinaciones de letras, nuevos dibujos. Siempre estaba dispuesto a leer, a seguir mirando esos dibujos, de otros colores, escritos hace tiempo atrás, esos dibujos hechos sobre lienzos amarillentos y gastados. Le atraía el aroma de esos libros guardados, olvidados en los más recónditos parajes de las bibliotecas. Viajaba siglos, viajaba a otros mundos, sentía con todo su corazón cada historia que esos mundos le contaban.
Decidió entonces, tomando fuerzas de sus sentimientos, escribir él mismo. Quería inventar mundos, ser el creador de personajes, de historias. Él quería más que todo, enseñar algo. No era mucha su experiencia en la vida, pero sentía que, siendo un jovencito, podía enseñarle a los más grandes, a los más experientes. Y también quería, como todos los jóvenes, cambiar el mundo en el que vivía. No concebía el mundo tal como era, con sus injusticias y sus atrocidades.
Así escribía pequeños relatos de mundos mejores, ideales, donde la vida era sencilla. Donde no había tristeza, ni maldad. Eran mundos felices. Él era feliz en el mundo en que vivía, en este mismo mundo; pero en el mundo había gente desdichada y triste, él escribía para ellos, él escribía para darles esperanza.
Con los años, fue perdiendo esa magia que le daba fuerzas para escribir para los demás. Fue cuando miró otros ojos, lejanos como los suyos, ojos volátiles, esos que ven más de lo que hay, que ven más allá. En ellos encontró su fuente de inspiración. Desde ese momento comenzó a escribir para darse ánimo, mientras no le decía a la dueña de su mirada lo que sentía. Creía que perdía el tiempo si escribía algo para ella en vez de decírselo directamente.
Le habló, la conoció, vio en ella a una persona que ya conocía. Sabía lo que le gustaba, sabía qué hacer para agradarle, sabía, sólo mirando sus ojos, exactamente lo que ella quería decirle.
Así empezó a escribir nuevamente, escribía sobre la esperanza, el tiempo y el amor. Escribía historias fantásticas donde creaba mundos y personajes mágicos. Su imaginación volaba cuando sentía que ella estaba cerca.
Cierto día, ciertamente el día menos esperado por él, ella le habló, él la escuchó sin interrumpirla. Lo que le dijo lo perturbó terriblemente. Nunca había tenido una charla como esa. Su corazón crujía, se desmoronaba su alma.
Le habló de un viaje, de una despedida, de separarse, de estar lejos. Le contó sobre un nuevo camino que ella comenzaría. Ella así lo quería, ese era el camino que ella había buscado. Ella lo había encontrado y así sería feliz.
Él comprendió, sabía que su tristeza no se comparaba con la alegría que sentiría ella al estar en otro lugar, en ese lugar que tanto ansiaba conocer, descubrir, vivir. Esas culturas y esos dialectos. Él no le preguntó lugares, ni fechas. Sólo quería que fuese feliz.
Hay días en que piensa que aún no ha partido y él la busca en los lugares donde a ella le gustaba estar. No la encuentra, y piensa en la felicidad, en el gozo del alma de la mujer, que una vez le agregó más colores y más vida a su mirada. Piensa en ella cuando mira el mar, cuando ve la luna. Sabe que en la lejanía sus miradas se encuentran, sabe que ella mira también en esa dirección.
Ahora escribe de caminos, de despedidas, de viajes, de encuentros, de búsquedas. Ahora solamente está esperando que otros ojos vean más de lo que sus ojos, ya cansados, pueden ver.


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Alberto Cantarilla

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